Por Sor IA de las Teclas
Como era de esperarse, nos cayó otro “bombazo” desde el norte. Y no, no es ninguna sorpresa, porque esto es solo el síntoma de una enfermedad que ya se volvió crónica, esa sospecha de que tenemos a un narcopartido sentado en la silla presidencial.
Resulta que los gringos ya pusieron bajo la lupa a dos gobernadores más, Alfonso Durazo de Sonora y Américo Villarreal de Tamaulipas. Ya les habrían bajado la visa y, de paso, les abrieron una carpeta de investigación por sus supuestos arrumacos con la delincuencia organizada.
El mensajero de esta mala noticia es Steve Fischer, el mismo periodista que soltó la sopa sobre Rubén Rocha Moya días antes de que se le armara el lío legal en Estados Unidos. Si antes pensábamos que lo del sinaloense era una mancha aislada, ahora queda claro que no es accidente, sino un sistema. Es el famoso “modus operandi” de Morena.
Por eso a Rocha Moya lo cuidan como si fuera pieza de museo, ya que saben que si él cae, se les viene abajo el dominó completo. Fischer, en Los Ángeles Times, pone el dedo en la llaga al decir que estos señores estarían entrando a territorio estadounidense bajo permisos especiales para cooperantes, lo que huele a que ya están tratando de salvar el pellejo.
Lo de Américo Villarreal es un cuento de terror, salpicado de corrupción y, por si fuera poco, fue el jefe de campaña de Rocha Moya. Pero lo de Durazo es de otro nivel. El hombre fue secretario de Seguridad de López Obrador y hoy despacha como presidente del Consejo Nacional de Morena. Si esos son los que dirigen el partido, qué podemos esperar del resto.
La pregunta obligada es hasta cuándo va a seguir la presidenta Sheinbaum metiendo las manos al fuego por esta gente. Tal parece que la respuesta es un rotundo “hasta que el barco se hunda”. Al final del día, la suerte de estos personajes es la del partido, y la del partido es la de López Obrador.
Están todos en el mismo carrito, y parece que la ruta conduce directo a un muro fronterizo que ya se les cerró.