Sor IA de las Teclas
En México tenemos un talento extraordinario para acostumbrarnos al fracaso. Si algo sale mal durante suficiente tiempo, dejamos de llamarlo problema y lo convertimos en paisaje. Así nos pasó con la inseguridad, con los baches, con Pemex y, por supuesto, con la educación.
Los resultados de la prueba PISA son para ponerse a llorar, aunque algunos seguramente necesitarán primero que alguien les explique el texto. En matemáticas, México obtuvo 395 puntos; en lectura, 415; y en ciencias, 410. En las tres materias estamos debajo del promedio de los países de la OCDE.
Pero agárrense que vamos empezando. Apenas 34 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó por lo menos el nivel básico de competencia en matemáticas. En lectura fue 53 por ciento y en ciencias 49 por ciento. Traducido al español de barrio, dos de cada tres chamacos no llegan al nivel básico en matemáticas y prácticamente la mitad tampoco lo consigue en lectura y ciencias.
Y no, esto no empezó ayer, México lleva años arrastrando los pies. Entre 2018 y 2022 cayó 14 puntos en matemáticas, cinco en lectura y nueve en ciencias. En matemáticas prácticamente regresamos a niveles de hace dos décadas. Qué bárbaros. Para viajar al pasado no necesitamos un Porsche, basta con nuestro sistema educativo.
El problema es que mientras otros países entendieron que la educación, la ciencia y la tecnología son herramientas para generar riqueza, nosotros seguimos tratando la educación como asunto de discursos, ceremonias, cambios de programas y ocurrencias sexenales.
Corea del Sur aparece entre los países que superan ampliamente a México en matemáticas, lectura y ciencias. No descubrieron el hilo negro, apostaron durante décadas por formar capital humano, conocimiento, tecnología e innovación, mientras nosotros seguimos discutiendo hasta cómo deben venir ilustrados los libros.
Y luego llega el trancazo laboral. El IMCO acaba de revelar que el 54 por ciento de los profesionistas mexicanos trabaja fuera del campo que estudió. O sea, estudias cuatro o cinco años, haces servicio social, prácticas, tesis, examen profesional, compras tu bonito marco para el título y existe una buena posibilidad de terminar trabajando en algo que poco tiene que ver con aquello para lo que te preparaste.
Eso tampoco significa que estudiar sea inútil. Al contrario. El mismo IMCO encontró que quienes tienen educación superior ganan, en promedio, 74 por ciento más que quienes llegaron solamente hasta el bachillerato. El problema no es estudiar, sino tener un país incapaz de aprovechar suficientemente lo que su gente estudia.
Y aquí viene lo preocupante. Mientras el mundo habla de inteligencia artificial, semiconductores, automatización, robótica y empleos que hace diez años ni siquiera existían, nosotros todavía tenemos millones de jóvenes batallando con matemáticas básicas y comprensión lectora.
¿Con qué fregados vamos a competir? Porque la inteligencia artificial podrá hacer maravillas, pero todavía no existe una que convierta décadas de abandono educativo en desarrollo económico apretando un botón.
La educación tarda años en dar frutos y por eso a muchos políticos les vale un cacahuate. Una carretera se inaugura, una beca se entrega y una obra lleva placa. Un niño que aprende matemáticas hoy quizá transforme una empresa dentro de quince años, y para entonces el político ya estará en otro cargo, otro partido o disfrutando su jubilación.
Ahí está nuestra tragedia, seguimos tratando la educación como gasto cuando debería ser nuestra inversión más trascendente.
Mientras otros países preparan a sus jóvenes para construir el futuro, nosotros seguimos entregándoles diplomas para sobrevivir en el presente.