El SAT también quiere saber qué compras

DE CHILE, MOLE Y MANTECA
Diego Dale y Dale

Como decía don Gervasio Grajales, que en paz descanse: ¡Ay, nanita! Ahora resulta que hasta el dinerito que uno carga en la bolsa empieza a estorbar.

Entre todas las cifras, promesas y maromas del Paquete Económico 2027 apareció una propuesta que merece mucha más atención de la que le estamos poniendo. 

Claudia Sheinbaum, la presidenta con “A”, mandó al Congreso de la (des) Unión, una nueva Ley de Economía Digital que pretende reducir progresivamente el uso del efectivo y empujar a México hacia los pagos electrónicos.

No, tampoco empiece a esconder los billetes debajo del colchón. Nadie ha dicho que mañana van a dejar de servir los de 500 ni que el señor de los tamales tendrá que cobrarle con terminal.

Pero el caminito ya está trazado.

La idea del gobierno es que cada vez paguemos menos con efectivo y más con tarjeta, transferencia, celular o cualquier otro mecanismo electrónico. Según la explicación oficial, esto facilitará las operaciones, reducirá costos, dará mayor seguridad y ayudará a formalizar la economía.

Suena precioso y casi dan ganas de abrazar al SAT.

Pero, el pequeño detalle es que el efectivo tiene una característica maravillosa que rara vez aparece en los discursos gubernamentales y se llama PRI-VA-CI-DAD.

Usted compra unos tacos con un billete de 200 pesos y asunto terminado. El taquero recibe su dinero, usted sus tacos y Hacienda no necesita enterarse si pidió tres de pastor, dos de oreja, uno de trompa y una Coca porque amaneció crudo.

Con el dinero digital la historia cambia, pues cada operación electrónica deja un registro. Cuánto pagó, cuándo pagó y dónde pagó. Y mientras más dependamos de esos mecanismos, mayor será la cantidad de información financiera que quedará almacenada en bancos, plataformas y sistemas.

Y no, tampoco estoy diciendo que mañana el SAT vaya a mandar un auditor porque usted compró seis caguamas y unos Doritos.

Pero hay una pregunta perfectamente válida: ¿hasta dónde queremos que llegue la trazabilidad de nuestra vida cotidiana?

Porque además la maravillosa modernidad mexicana tiene un pequeño inconveniente. México no termina donde acaba la señal del WiFi.

Hay comunidades rurales, adultos mayores, trabajadores informales, migrantes y millones de personas que todavía utilizan efectivo porque es sencillo, inmediato y no necesita batería, contraseña, aplicación ni señal de internet, y luego están los pequeños negocios.

Para una cadena comercial cobrar electrónicamente puede ser cosa de todos los días, pero para el changarro de la esquina significa terminales, cuentas bancarias, comisiones, declaraciones y una relación mucho más cercana con Hacienda, una cercanía que, dicho sea de paso, pocos mexicanos han pedido con entusiasmo.

El gobierno dice que no habrá nuevos impuestos y que la estrategia es combatir la evasión, incorporar más gente a la formalidad y recaudar mejor. De hecho, para 2027 se pretende que los ingresos tributarios alcancen un máximo histórico de 15.9 por ciento del PIB.

Ahí está el verdadero asunto. Digitalizar los pagos puede traer beneficios, sería absurdo negarlo. Puede reducir robos, facilitar operaciones y hacer más cómodo comprar y vender.

Pero una cosa es ofrecer alternativas digitales y otra muy distinta construir un país donde usar efectivo termine convirtiéndose casi en una extravagancia, porque cuando todo el dinero deja huella, también cambia la relación entre el ciudadano y el Estado.

El gobierno sabrá más, los bancos sabrán más y las plataformas sabrán más.

Y nosotros tendremos que confiar en que nadie abuse de esa información, que ningún sistema falle, que ningún delincuente robe nuestros datos y que ninguna autoridad se pase de lanza. ¡Casi nada! 

Mientras tanto, Hacienda calcula para 2027 un crecimiento económico bastante modesto, de entre 1.5 y 2.5 por ciento.

Así que la economía crecerá poquito, pero el SAT quiere poder ver muchísimo más.

EL CONSEJO

Mi nana Eufrosina tenía una teoría sobre el matrimonio: “Los hombres no cambian; nomás se cansan”. Yo nunca supe si hablaba por experiencia propia o por exceso de observación.

Una tarde mi prima Rosalba llegó a verla desesperada. Llevaba apenas dos años de casada y ya estaba convencida de que su marido, Crispín, se había vuelto frío.

“Nana, ya casi no me busca. Antes no me dejaba ni respirar y ahora se acuesta, se voltea y se duerme como bendito”.

Eufrosina siguió escogiendo frijoles.

– “¿Y tú qué haces?”.

– “Pues espero”.

– “Ahí está tu error. Una mujer no puede vivir esperando milagros. Ni marido”.

Rosalba se sonrojó. 

– “¿Entonces qué hago?”.

Mi nana bajó la voz.

– “Esta noche ponte algo bonito, échate perfume, apaga temprano la televisión y cuando se acueste le dices clarito: ‘Crispín, hoy quiero que me hagas sentir mujer’”.

Mi prima obedeció y al día siguiente volvió furiosa.

– “¿Qué pasó?”, preguntó Eufrosina.

– “Se lo dije tal cual”.

– “¿Y él?”.

– “Me abrazó, me besó y me dijo que claro que sí”.

Mi nana sonrió.

– “¿Entonces?”.

Rosalba aventó la bolsa sobre la mesa.

– “Me dejó quinientos pesos para el súper y me dijo que mañana me llevaba a comprar cortinas”.