Andy salió más caro que Andrés Manuel

DE CHILE, MOLE Y MANTECA
Diego Dale y Dale

Andrés Manuel López Beltrán heredó espléndidamente el nombre de su padre. Lo siento mis queridos malquerientes, pero no hubo engaño en el acta de nacimiento. 

También parece haber heredado el gusto por el poder y esa bonita costumbre de entender la política como patrimonio familiar. Sin embargo, me entristece decirles que lo que no heredó fue el “colmillo”.

Por eso, pensándolo bien, hacen bien en decirle “Andy”.

Andrés Manuel López Obrador necesitó décadas para construir un personaje. El hombre austero, el del Tsuru, el de los 200 pesos en la cartera, el que mandaba al carajo los lujos, el que repetía “no somos iguales” hasta que medio México terminó creyéndole. 

Nos vendió la austeridad republicana como si fuera agua bendita y convirtió la pobreza personal en una especie de certificado de honestidad.

Treinta años construyendo el mito y llegó el junior con ganas de conocer Japón. ¡No chinguen!

Porque ese es el verdadero problema de Andy. No solamente lo que haga o deje de hacer, sino lo que representa. Cada viaje, cada restaurante caro, cada fotografía incómoda y cada amigo convertido en empresario exitosísimo le mete otro madrazo al escaparate que su padre construyó con tanto cuidado.

Ahí están los amigos de los hijos de López Obrador, cuyo crecimiento empresarial y contratos públicos fueron documentados durante el sexenio pasado. Y ahí están también las investigaciones periodísticas sobre negocios, contratos y personajes cercanos a aquella familia que durante años nos aseguró que la corrupción se había terminado.

Qué padre manera de acabar con ella. Ya no existe porque ahora se llama coincidencia.

Y el asunto deja de ser chisme de ricos cuando las consecuencias llegan al ciudadano. Cuando una obra falla, cuando el sistema de salud no tiene lo necesario o cuando el dinero público termina rodeado de sospechas, ya no estamos hablando de si “Andy” come en un restaurante caro o duerme en un hotel de lujo. 

Eso me vale madre. Estamos hablando del dinero de todos.

Lo verdaderamente cabrón es cómo cambiamos también nosotros. Con los hijos de otros presidentes éramos implacables, les revisábamos negocios, casas, viajes, amigos y hasta la marca de los zapatos. Y estaba bien, porque el poder debe ser vigilado, especialmente cuando empieza a parecer negocio familiar.

Entonces, ¿cuándo decidimos que con éstos no? ¿En qué momento el “no somos iguales” se convirtió en permiso para dejar de preguntar? ¿Cuándo aceptamos que alguien rodeado toda su vida por la política pueda vivir como millonario sin que resulte válido preguntar de dónde salió la lana?

López Obrador entendió algo que “Andy” parece no comprender. En política no basta con tener poder, hay que cuidar el cuento que te permitió conseguirlo.

El padre tardó treinta años en fabricar al hombre de los 200 pesos, mientras al hijo le bastaron unos cuantos viajes para enseñarnos que, en aquella familia, la austeridad quizá nunca fue herencia, sino utilería.

MALA MEMORIA

Mi tío Rigoberto comenzó a preocuparse porque olvidaba cosas. Dejaba las llaves dentro del coche, buscaba los lentes teniéndolos puestos y una vez pasó media hora preguntando quién había escondido el control remoto mientras lo tenía en la mano.

Mi tía Clodomira decidió llevarlo al médico. El doctor lo revisó y después le dijo: “No veo nada grave. A su edad es normal tener algunos olvidos. Eso sí, conviene ejercitar la memoria”.

De regreso a casa mi tío iba muy pensativo. “Vieja, ¿tú crees que de veras estoy perdiendo la memoria?”. Clodomira respondió: “No sé, Rigo. A veces olvidas cosas importantes y otras, curiosamente, las recuerdas perfectamente, como dónde vive esa viuda de la esquina”.

Mi tío fingió no escuchar.

Esa noche, ya acostados, Clodomira se acercó y le dijo: “A ver si es cierto eso de que todavía recuerdas cómo se hacen ciertas cosas”.

Rigoberto sonrió, apagó la lámpara y empezó a acercarse.

Mi tía lo detuvo.

“Espérate. Primero dime cómo me llamo”.

Hubo un silencio largo.

“¿Ahorita?”.

“Sí, ahorita”.

Mi tío suspiró.

“Carajo, Clodomira… uno queriendo ponerse romántico y tú saliendo con examen sorpresa”.