Ni muros militares ni pandemias frenan a migrantes

Tapachula.- En Tapachula hay al menos 50 mil migrantes varados, algunos llevan años aquí, otros llegaron durante la semana; la pandemia de la covid ni la valla humana de policías y soldados han desalentado la migración en esta ciudad fronteriza con Guatemala.

Organizaciones no gubernamentales y activistas han documentado el paso de extranjeros sin papeles a la zona fronteriza de Chiapas, sobre todo por el lado del río Suchiate, a 30 kilómetros de esa ciudad.

Son menos los que irrumpen a México y tras “probar suerte” en la región del Soconusco prefieren retornar a su país de origen, Isabel Santos Hernández, es uno de éstos.

Isabel, con uno de sus nueve hijos (de 12 años) y una de sus nueras, migró de San Pedro Sula, Honduras, hace 24 meses para establecerse en Tapachula, la delincuencia y la prostitución “se comen” a una ciudad a todas horas del día.

La negativa por parte de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) para brindarle un documento que ampare su estancia en México, le agotó la paciencia y la mantiene al borde de la desesperación.

“Yo siempre fui sincera, no me fui de mi país porque las maras me persiguieran, escapé por la pobreza, por el hambre, y eso a la Comar no le bastó (para apoyarla)”.

Para sobrevivir, Isabel vende cigarros, chicles, paletas y otras golosinas en el primer cuadro de Tapachula.

La mujer, madre soltera de 49 años se adelantó a lo que le pudo haberle pasado algún día: que los pandilleros le cobraran “derecho de piso”, como le ocurrió a vecinos y conocidos, o la muerte a balazos de tres de sus primos, quienes estaban metidos en la delincuencia en la colonia La Ribera, en San Pedro Sula. Por ello decidió emprender el éxodo hacia la localidad tapachulteca.

“En la familia hay de todo, pero yo, gracias a Dios, nunca me metí en problemas así”, ataja la mujer de tez morena, de estatura baja y complexión robusta, quien tendría que pagar mil 500 pesos para que le otorguen un permiso para que los inspectores del Ayuntamiento la dejen laborar en las calles, pero no le alcanza.

EL SUEÑO TERMINÓ EN PESADILLA

Con un “cangurito” (caja de madera) donde transporta su mercancía, lamenta que con lo que vende, solo le alcance para rentar un pequeño cuarto y “medio probar alimento”. Por momentos, de hecho, tiene que esquivar a los elementos de Migración o de la Guardia Nacional, porque los podrían regresar.

En todo instante, la migrante hondureña voltea a ver a todos lados para no ser sorprendida y deportada. A la vez, le preocupa que, en todo el día, solo haya obtenido 150 pesos de lo que comercializa, pero le preocupa más porque su niño no solo truncó sus estudios, sino que tiene que adaptarse a lo que les entra de ganancia.

“Estoy muy desesperada, ya me voy a regresar en este mes, porque acá ya no puedo seguir; mi intención era quedarme, pero, como dije, nomás no se puede, y no sé mentir, porque creo que Dios me puede castigar si digo que me salí de Honduras porque era víctima de los delincuentes, lo cual no es cierto”, declara quien, a la vez, explica que Nery, su pequeño vástago, sufre de asma y requiere de medicamentos, pero tampoco le alcanza.

“GOBIERNOS DE CENTROAMÉRICA; INCOMPETENTES”

Para Marco Tulio Carrascosa, líder de la Oficina de Enlace Internacional, el panorama es cada vez más complicado, y más cuando presidentes como el de El Salvador, Nayib Bukele, critican al gobierno mexicano del trato que se les da a los migrantes no solo de esa nación, sino de todo Centroamérica, por parte de las policías o la milicia.

Según él, no se vale que, mientras el gobierno morenista de Andrés Manuel López Obrador destinó millones de dólares en el programa “Sembrando vida” para que los centroamericanos, entre ellos los salvadoreños, se quedaran en sus países, los gobiernos como el de Bukele no puedan o carezcan de la capacidad para retener, por medio de empleos dignos y seguridad, a sus pobladores.

Hoy más que nunca, acepta, los migrantes están más vulnerables, y se recrudece la situación en los niños indocumentados acompañados y no acompañados. Y si la gente abandona territorios como El Salvador, puntualiza Carrascosa, es porque no existen oportunidades de desarrollo.

Desde hace varios años, refiere, han insistido en que haya una solución a nivel continente, donde participen El Salvador, Guatemala, Honduras, Chiapas y México, “y estos dos últimos, lo digo de forma separada, porque el tema en nuestra entidad se tiene que tocar desde una perspectiva independiente”.

No es posible que, hasta la fecha, las cumbres empresariales que se desarrollan año con año en nuestro país, y que tienen que ver con la atracción de inversiones, las hagan en estados como Yucatán, cuando deberían celebrarse en tierras chiapanecas, donde están estancados miles de migrantes, quienes tendrían mejores oportunidades, argumenta.

Quien coincide con él es Karen Dianne Padilla, representante de la organización Iniciativas Feministas, pues aclara que gobernantes como Bukele no han generado las condiciones necesarias para que la gente, sobre todo las mujeres, no se escapen de sus países.

“No defiendo al gobierno mexicano, pero no sé de qué habla Bukele, cuando se ha caracterizado por ser un machista que, además, endureció las leyes en contra de las mujeres que aborten… es incongruente, mejor que haga algo por su país, y que las personas no huyan”, detalla.

LARGA ESPERA: EL BUROCRATISMO

A las afueras de la Comar, ubicada en esta misma ciudad fronteriza, madre e hija, también de San pedro Sula, Honduras, esperan desde hace tres días que esa instancia les entregue las correcciones en la credencial de permanencia de la primera para retornar a Saltillo, Coahuila, donde desde hace dos años obtuvieron buenos empleos y se mantienen estables.

La señora Mirna Pavón dice que urge se arregle ese error en su documento y con ello pueda tramitar otras credenciales para sus hijas, incluida la que la acompaña de 16 años.

“Me hicieron venir hasta acá de nuevo, cuando la Comar me dijo hace dos años que no tendría problemas y todo fue mentira”.

“Estoy acá para arreglar algo que se pudo corregir de origen”, revela la mujer quien, en ese estado del norte de México, labora en un restaurante.

A las afueras de la Comar también esperan otros hondureños y guatemaltecos, pero principalmente africanos, quienes se cubren los rostros para no ser fotografiados. Inclusive, la comunicación se complica con algunos de ellos que se muestran accesibles, pues no conocen el español.

Si están en este país, advierte de nueva cuenta la joven hondureña Viviana, es porque en su nación las querían obligar a comercializar estupefacientes, lo cual rechazaron y prefirieron huir. Dejaron familiares, trabajos; todo.

Mientras tanto, solos o por pequeños grupos, los migrantes penetran, a como dé lugar, la franja fronteriza para establecerse en México, sobre todo en el norte, o llegar a los Estados Unidos. Incluso, ya se anunció que en breve arribaría otra caravana migrante.

Otros, los menos, se enfrentan a una realidad como la de Isabel Santos, a quien le negaron sus papeles cuando solo anhelaba trabajar y enviar pesos mexicanos a sus demás hijos para que, como ella, también sobrevivan. (Fuente: Christian González/La Silla Rota)